¡PASTILLA O MUERTE! Mi Ataque de Ansiedad por el Aire Caliente (Y la Receta de Vanesa: Vete a Tomar el Fresco)
El Escenario del Terror y la Trampa de la Calma Fingida
A ver, queridas lectoras, ya os conté mi pánico pre-consulta, ese momento en el que el cerebro entra en modo «¡SOS, VANESSA!» y te preparas para el show del torrente verbal neurótico
Hoy era el día. Me tocaba ver a mi psiquiatra favorita, Vanessa .
Yo ya iba mentalizada: iba a lloriquear un poco, a balbucear a mil por hora y a salir de allí con el diagnóstico de que mi caos mental era legítimo.
Pero, ¡hostia! El universo me tenía reservada una prueba de fuego diferente. La Sala de Espera.
El Infierno Térmico y la Tiranía del Jersey de Pelo
Yo llego a la consulta, y me encuentro con un panorama que ya es una tragedia griega en sí mismo: mucha gente. Gente con cara de estar sufriendo dramas épicos, mirándome como si yo fuera la última coca-cola del desierto.
Y luego, el ambiente. ¡El aire acondicionado caliente lo tenían a yo no sé cuánto! ¡Hostia puta! Yo iba con un jersey de pelo que me daba un calor de la ostia.
Mi cerebro, que ya es una olla a presión de por sí, no pudo gestionar el choque térmico. El calor me sofocó. Y la combinación de calor, jersey de pelo y gente mirando hizo clic en el botón del pánico.
El Colapso de la Razón y la Huida Imposible
Sentí el agobio. Me dio una ansiedad que me hizo pensar que mi mente se iba a ir a Marte sin billete de vuelta.
En ese momento de colapso, mi cerebro hiperactivo solo proyectaba dos soluciones extremas (como en las películas de acción, claro):
- La Pastilla Rueda de Camión: «¡Necesito una pastilla ya! ¡Una pastilla tamaño rueda de camión para los nervios! ¡O una dosis de Valium que me deje tiesa! ¡PASTILLA O MUERTE!»
- La Huida Épica:«¡Huir! ¡Correr a mi casa! ¡O meterme en el baño y no salir!»
Y claro, yo, que estaba barraqueando como una neurótica por dentro, me levanté. No había lloriqueado ni balbuceado (¡Milagro!), pero me dirigí a la paciente que iba delante de mí (una pobre criatura que esperaba su turno) y solté la bomba con mi tono desesperado:
«vanesa o me das una pastilla o vuelvo otro día, estoy con ansiedad»
La Razón Espartana y la Solución Laconista
Y aquí viene el giro de guion que solo una profesional de la calma como Vanessa podía haber orquestado. La paciente, pobre, no sabía qué hacer. Pero justo en ese momento, la verdadera heroína intervino.
Vanesa, me vio la cara roja, el jersey de pelo… Y me dijo, con esa calma estoica y esa sabiduría que te desarma:
«Bájate a la calle a que te dé el aire y no te preocupes te aviso luego.»
¡HOSTIA PUTA! Me quedé a cuadros.
Mi mente esperaba la fórmula mágica, la neurociencia compleja, la receta de Valium. ¡Y ella me suelta que me vaya a tomar el fresco!
¡JOOODER! Era la solución más fácil. La más laconista y brutal. El problema no era el cerebro; era el jersey de pelo y el aire acondicionado. ¡Qué tontería!
Conclusión (Bendita Vanessa y el Coto a la Ansiedad)
Me reí de mí misma. Me reí de mi neurótica interior. Y me dije: «Concha, eres gilipollas. El problema era el calor.»
Me fui a la calle, me dio el aire, y volví a entrar. La consulta fue muy bien . Le conté el drama de mi hijo, y me dio un consejo muy válido (la espartana siempre te da una pauta de acción). Y sí, no se me ha olvidado el insomnio.
¡Bendita Espartana la Vanessa!