La Vez que Intenté Yoga y Mi Mente Invocó a la Lista de la Compra

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 La Gran Mentira del «Encuentra Tu Centro»

A ver, queridas amigas lectoras, hoy vamos a hablar de una de mis aventuras más épicas y, a la vez, más humillantes: el día que decidí apuntarme a yoga para «gestionar el estrés».

Ya sabéis que mi vida es una jaula de grillos con mala conexión a internet, y el estrés es ese enemigo silencioso que te quita el sueño. Después de todo el tour médico (Lola, Vanesa, Marimar) y de soltar tacos como una bendición, pensé: «Vale, Concha, toca ser disciplinada. Toca calmar la bestia que es la emoción. Toca ser la Mujer Estoica por una hora.»

Qué ingenua.

Entré en la sala de yoga, y ya el ambiente me resultó sospechoso. Todo silencio, velas, música relajante… Me senté en mi esterilla, rodeada de gente que parecía haber nacido ya en posición de loto. Señoras que, por su expresión, debían haber alcanzado el Nirvana justo después de aparcar el coche. Y yo, que ya venía con la tensión de haber encontrado el sitio a la primera, sentía que no encajaba ni con calzador.

El Silencio es el Nuevo Ruido (La Lista de la Compra Toma el Mando)

La profesora, con esa voz suave de persona que jamás ha gritado un «¡ME CAGO EN TODO!» en un atasco, nos dijo: «Vamos a vaciar la mente. Conecta con tu respiración. Encuentra la calma…»

Y ahí, amigas, fue donde mi cerebro se rebeló. El silencio no me trajo paz; me trajo una lista de tareas pendientes que se puso a desfilar por mi cabeza con música de marcha militar.

Mi cerebro, en lugar de vaciarse, hizo inventario de mi caos:

  1. La Lista de la Compra:«¡Hostia! Mañana toca Mercadona. ¿Hay leche? ¿Hay huevos? ¿Y el pan? ¡Hay que comprar pan! ¿Se me olvidará el papel higiénico otra vez? No, por favor, no.»
  2. La Bronca de la Semana:«El baño. Joder, el niño. Dejó la toalla mojada otra vez. ¿Cómo se supone que voy a darle la bronca sin gritar? La Espartana le pondría un castigo militar. Yo solo sé gritar y luego sentirme culpable. Tengo que ensayar la bronca con voz calmada.»
  3. La Catarsis Pendiente:«Y la factura del seguro, ¿la pagué? ¡Mierda! Si no la pagué, van a pensar que soy una irresponsable. ¿A quién le cuento este cabreo? ¿Le mando un audio de 5 minutos a mi amiga? No, estoy en posición de guerrero, me van a oír suspirar.»

Intentaba concentrarme en la respiración, pero era imposible. Mi mente era una pelota de ping pong que rebotaba entre la sección de lácteos del súper y la humillación pública. ¡Puta locura!

El Terror al Ring (El Pánico Móvil)

Pero el clímax de mi tortura llegó con el pánico al móvil.

Estábamos en una postura rara, el «Perro Boca Abajo» o algo así, que es tan incómoda que sientes que estás a punto de explotar por las costuras. Y, de repente, la duda. La puta duda vital.

«¿Dejé el móvil en silencio? ¿O lo dejé en el bolsillo con el volumen a tope?»

Y claro, te dices: si suena ahora, en este templo del Zen y la Calma Fingida, el sonido de mi tono de llamada hortera (el que dice «¡Contesta, coño, que es importante!») será una ofensa tan grande que me voy a morir de vergüenza.

  • El Estoicodiría: «El sonido es un evento externo, adiáfora. Mi reacción está en mi control.»
  • Yo, Concha, de Barrio:Pienso: «Si ese móvil suena, van a saber mi verdad. Van a saber que soy un fraude de la tranquilidad, que mi vida es un circo, y que ese es mi castigo por no haber revisado el volumen. Me tengo que hacer la muerta.»

En lugar de meditar, mi cuerpo se tensó. Intenté deslizar la mano discretamente hacia el bolsillo para comprobar el silencio, pero mi cuerpo en la postura de yoga parecía un tentáculo de pulpo borracho. Y la tortura duró lo que duró la clase.

La Postura del Desastre y el Desahogo Final

La profesora me decía: «Relájate en la postura, Concha. Siente la paz.» Y yo por dentro: «Paz mis cojones. Siento el terror a los lácteos olvidados y a la vergüenza social.»

Al final de la clase, salí más estresada de lo que entré. No me curé. No encontré mi centro. Pero sí encontré una verdad: la disciplina de la mente perfecta es una puta farsa. Y no pasa nada por no ser la Espartana Imperturbable que no se distrae con la gata o con la tele.

La gata, por cierto, estaba en casa durmiendo enroscada en su mantita como si fuera la única criatura que entendía el verdadero significado de la paz, mientras yo sudaba la gota gorda por un yogur olvidado.

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