Mi médica de la Sanidad Pública: El Monólogo que Lola se tragó cómo una estoica

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La Tiranía del Ideal y el Colapso Programado

A ver, querida lectora, vamos a ser claras desde el principio, porque aquí no hemos venido a contarnos cuentos de hadas. Una se pasa la vida intentando ser esa Mujer de Hierro que todo el mundo espera. ¿Una Espartana moderna? Sí, la que se levanta a las siete, la que gestiona la factura y la qu de paso intenta que  si le pinchan, no sangrar.

El problema es que la realidad no es un cuartel espartano; es una jaula de grillos con mala conexión a Internet. La vida te bombardea con el caos: el móvil se queda sin batería cuando esperas esa llamada crucial, el parking está lleno, y te pones la camiseta del revés sin darte cuenta hasta la hora de comer.

Y tú, amiga, llevas todo eso por dentro intentando mantener la fachada de calma estoica. Intentando que tu razón gane a esa bestia salvaje que es la emoción. Te dices: «Esto es adiáfora (indiferente). Lo acepto con Amor Fati». ¡Y una mierda! Eso funciona si eres Séneca con tres esclavos limpiándote la toga, ¡no si tienes que ir a por el pan en hora punta!

 La Jaula de Grillos de la Consulta

Y por eso, cuando el cuerpo ya no aguanta más y te toca ir a ver a la médica de familia, una espera que te pongan el parche y te manden a casa a seguir con la farsa. Pero yo, queridas, no soy de parches. Yo soy de demolición controlada.

Yo entro en la consulta de mi médica, Lola, con una idea clara: tengo un síntoma (insomnio, nudo en el estómago, ganas de gritar a un stranger). Pero mi cuerpo traiciona mi intención de ser una Mujer de Deber.

En lugar de soltar el «síntoma espartano» (frío, directo, militar), suelto el «síntoma torrencial».

Mi monólogo, lagrimas y ansiedad no duró cinco minutos. Duró cuarenta minutos. Cuarenta minutos de detallar el making-of de mi infierno personal: mis hijos que me tratan como a una esclava (¡y no estoy en Esparta!), el drama del WhatsApp familiar que nadie puede abandonar, el miedo a la factura que me desvela, la puta vergüenza de ver la vida pasar sin control. ¡Un circo romano de emociones!

 El Choque del Estoicismo (Pobre Lola)

Y mientras yo estaba en la cúspide de mi drama (la Máxima Pasión, como diría un estoico), la pobre Lola estaba intentando aplicar el Manual de Cero Emociones.

Ella, que tenía que ser la profesional con calma inalterable, se encontró con la Comedia Humana. Ella quería el dato, yo le di el archivo completo de mi trauma diario, ¡con efectos de sonido incluidos!

Me imagino su cabeza: «¡Por los dioses! Esta mujer ha pasado de la amígdala al córtex cerebral en tres segundos y está usando la consulta para una catarsis que ni Sísifo entendería.» La pobre no podía seguir la cronología de mis cabreos. Su objetivo era el deber (mi tensión arterial), y yo le estaba dando el caos (el feedback de mi madre).

Y es entonces cuando me doy cuenta. Después de soltar el último «joder» liberador, la miro. Y veo ese rostro ojiplático con cara de póker que te dice que ha llegado al límite de su tiempo de consulta.

Su cara de póker, su ojiplática, me está gritando que el ideal de la Mujer Fuerte que yo intentaba ser era una puta farsa. Su mensaje silencioso era: «Tu caos es de un nivel tan épico que excede mi capacidad de gestión con una simple receta.»

Y lo dice, sin saber cómo decírmelo, pero con una paz callada que era ya de ópera: que es mejor que vaya a ver a mi psiquiatra. ¡Hostia puta!

 La Victoria del No-Control

Y aquí está la lección, queridas amigas: ¡No somos Espartanas!. La victoria no es la pastilla, sino reconocer que la vida es una puta locura y que a veces hay que desbordarse para seguir adelante. El desahogo te salva. Mi caos emocional ha hecho flipar a la calma estoica de Lola. Y ese es el punch final: la risa. Porque si la vida te va a joder, al menos que lo haga con estilo y que te dé material para reírte de tu propia desgracia y si también es con tu médico pues doble punch final de risa.

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