SARD Y A TOMAR POR SACO: El Día que la Vecina Cotilla me Preguntó por Mi Coño (Y el Nacimiento de Mi Nueva Sexualidad)

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El Paseo Matutino y el Ataque en el Rellano

A ver, queridas lectoras, si hay algo que me da más pánico que el jeringazo con mala hostia de Marimar, es encontrarme a la vecina cotilla en el portal o, peor, en el rellano. Una ya tiene suficiente con su propio caos, con su insomnio nocturno y su miedo a la multitarea, como para lidiar con el Cuerpo de Investigación Privada del Inmueble.

Yo iba tranquilamente, con mi cara de «Mujer Estoica» (aunque por dentro mi cerebro fuese una pelota de ping pong de preocupaciones), cuando me la crucé.

Y el saludo, que debería ser el laconismo espartano hecho realidad (un «hola», un «adiós», un «hace frío»), se convirtió en el interrogatorio de la CIA.

El Choque del Descaro y la Órbita Mental

Empezó bien, la muy petarda. Empezamos con el tema de la meteorología, la eterna vía de escape: «¡Ay, qué frío hace hoy!» y yo respondiendo con un gruñido amable. Luego, la pregunta sobre mi madre. (Y yo pensando: “¿Qué le importa mi madre a esta mujer?”)

Pero luego vino el ataque frontal. La pregunta que me dejó ojiplática y con el cerebro desorbitado. Sin venir a cuento, con ese tono de «chismorreo profesional» que me saca de mis casillas, me pregunta por mi orientación sexual.

¡HOSTIA PUTA!

Mi cerebro hizo un «¡CORTOCIRCUITO MENTAL!». Es como si el sistema de seguridad de mi mente hubiera detectado un Virus de Intromisión de Nivel 5. ¿Pero quién coño se cree esta mujer para venirme con esas? ¿Tengo yo acaso un «DAME TU HISTORIAL SEXUAL» pintado en la frente?

Mi cerebro, en lugar de contestar con dignidad o con un «¡VETE A LA MIERDA!» de pura rabia, se fue a la Órbita Exterior. Estaba intentando volver al Planeta Tierra para formular una respuesta que no la dejara herida de muerte, pero que la silenciara.

La Invención Maestra: El Nacimiento de SARD

Y en ese vacío cerebral, en ese silencio tenso, nació la genialidad. La única forma de combatir la estupidez crónica es con el absurdo.

Le dije, con una calma que ni la psiquiatra Vanessa me podría haber enseñado, que yo era SARD.

SARD. Una palabra que me acababa de inventar en ese instante (bueno, se me vino una sardina a la cabeza, a saber por qué)….

La pobre cotilla se quedó petrificada. Su radar de chismorreo, que tiene un master en contar calorías y en criticar el tinte, no pudo procesar la información. El sistema colapsó. Ella esperaba una etiqueta conocida (gay, hetero, bi, etc.). ¡Y yo le di SARD!

Le dije: «Sí, soy SARD. Y es una orientación muy compleja”. Y me he quedado ancha con la respuesta.»

El Juicio de la Risa y el Destino de la Cotilla

Y aquí vino la victoria más dulceme reí en su cara. Me reí de su baja calidad humana debida al chismorreo, de su idiotez, de su mala educación y descaro. Y ella no pudo hacer nada, porque estaba desarmada por mi nueva orientación sexual inventada.

Mi manifiesto final es claro:

  • Ella no merece mi verdadni mi tiempo.
  • Yo no tengo ni un pequeño átomo de confianza con ella.
  • Ella es una tía petarday se lo tiene merecido.

Y lo mejor de todo es el final de esta historia: «Ahora que vaya a cascarlo a donde quiera la tía petarda.»

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