El Insomnio, mi Psiquiatra y la Puñetera Lección de los Cordones
El Insomnio, el Hijo de… y el Apocalipsis Silencioso.
A ver, querida lectora, vamos a quitarnos la careta de la Mujer de Hierro que todo lo puede. Una cosa es que el taco te salve del ataque de estrés en el trabajo, y otra es que tu cerebro decida que las tres de la mañana es la hora perfecta para hacer un brainstorming sobre todas las decisiones de mierda que has tomado en los últimos veinte años. Eso es el insomnio.
Y el insomnio, amiga, no viene solo. Viene siempre de la mano de su mejor amigo: el estrés agravado. Te pones a dar vueltas, y el silencio de la noche amplifica cada «puta locura» de tu día. Que si el trabajo, que si la familia, que si los problemas, que si las facturas… Y si tienes hijos, ya ni te cuento.
El drama con mi hijo era la guinda del pastel de mi vigilia. Una preocupación que, en la noche, se convierte en una bestia salvaje que no te deja respirar. Yo, la madre espartana que debería estar dando a luz hombres fuertes, me encuentro desbordada por un problema que la Espartana solucionaría con un edicto militar. ¡Y yo solo sé llorar por dentro!
El Ideal Imposible de mi Psiquiatra Estoica Vanessa
Después de mi tour con Lola, me toca ir a ver a mi psiquiatra, Vanessa. En mi cabeza, Vanessa tiene que ser el Ideal Estoico de la Calma. Ella está entrenada para la disciplina mental, para priorizar la razón sobre la pasión. Ella no debería tener dudas existenciales; debería ser la personificación de la imperturbabilidad que tanto predican los filósofos.
Yo entro en su consulta con la esperanza de que me recete la pastilla mágica que apague el caos de mi mente. Yo entro con el guión listo: «Tengo insomnio agravado por el drama de mi hijo, las presiones y la puta vergüenza de sentir que la vida me está ganando».
El Monólogo y la Parábola de los Cordones
Y, claro, suelto mi monólogo torrencial. Veinte minutos detallando el thriller del insomnio, la presión de ser madre, la frustración de no ser la Mujer de Deber que el mundo espera. Termino mi catarsis y me quedo esperando la sentencia: la receta, el diagnóstico técnico, la solución que mi razón puede entender.
Y Vanessa, con esa calma que solo da la experiencia de escuchar a miles de personas al borde del abismo, me mira. No con el rostro ojiplático de Lola, sino con una sonrisa de sabiduría ancestral. Y suelta la bomba. No una palabra técnica, no un diagnóstico: una puñetera parábola de la vida cotidiana.
Me empieza a hablar de atar los cordones de los zapatos.
Yo, Concha, flipando en colores. ¿Los cordones? Yo, contándole que mi vida es una jaula de grillos y que mi insomnio me tiene al borde de un ataque, ¡¡¿¿y ella me suelta que esto es «cómo cuando uno se ata los cordones de los zapatos»!!??.
Mi cerebro, entrenado para el drama, colapsó. La Espartana dentro de mí se levantó y dijo: «¡Por los dioses! ¿Me estás comparando mi sufrimiento con un nudo doble? ¿La solución a mi insomnio es que no se me desate el zapato?»
Y yo ahí, flipando nivel alto.
La Lección del Sarcasmo (El Clima Inesperado)
Y Vanessa, sin inmutarse, termina la metáfora (que, insisto, me dejó KO): el nudo de los cordones, el automatismo, la repetición. Y no sé por qué, pero esa tontería, esa comparación ridícula, era la clave de mi caos. La vida es un proceso, una repetición que se automatiza. Y si el nudo se te deshace, no montas un drama: lo vuelves a atar.
No se trata de la pastilla, sino de asimilar el proceso. De que mi caos se había convertido en un proceso mental que, como el cordón que se desata, necesita ser vuelto a atar con calma.
La victoria no es que me curara el insomnio, sino que me di cuenta de que mi drama era un automatismo. Que si la vida te va a joder, al menos que te lo recuerde tu psiquiatra comparando tu neurosis con tus Converse. Y eso, amiga, es humor puro.