EL TANGO DEL TERROR: Juro que Iba a Ser Sensual y Acabé Sonando a Fisioterapia
La Puta Ilusión del Cabaret y el Pánico a la Coordinación.
A ver, queridas lectoras, si hay algo que te venden como la cumbre de la sensualidad, la pasión y el glamour es el puto tango. Yo me dije: «Concha, ya has pasado el caos del WhatsApp, la agonía del tinte y el terror de la báscula. Toca invertir en ti. Toca ser una femme fatale con ritmo.»
¡Qué ingenua! Una ve las películas, los anuncios, y se imagina con el pelo recogido, el labio rojo y esa mirada que quema. Se imagina deslizando el pie con la precisión de una navaja y el cuerpo arqueado con la pasión de una diosa. ¡Y una mierda!
La realidad es que, cuando llegué a la clase, mi cuerpo y mi cerebro decidieron que la coordinación era un concepto adiáfora (indiferente).
Yo quería ser la Espartana de la Seducción, esa mujer que se mueve con una disciplina y fuerza interna brutal. La que seduce con la mirada y el control.
Pero mi cuerpo actuaba como un Pato Mareado al que le han puesto unos patines y le han dicho: «¡Venga, desliza con gracia!». Intentaba clavar el pie, y acababa tropezando. Intentaba la elegancia, y parecía que estaba luchando contra una bandada de mosquitos.
El Profesor Buenísimo y la Desgracia del Paso Básico
Y claro, el drama se amplifica cuando el Profesor de Tango está tó buenorro.
Es el clásico espécimen de hombre que tiene la paciencia de un santo, el ritmo en las venas y unos brazos que te sujetan como si estuvieras hecha de cristal. Él intentaba venderme la pasión, la conexión, la fusión de cuerpos. Y yo intentaba no ponerle el codo en el ojo o pisarle los dedos con el peso de la frustración.
Él me decía con esa voz seductora: «Siente la música, Concha. Déjate llevar. El cuerpo debe ser flexible, como el junco…»
Y yo pensaba: «Flexible, mis cojones. Mi cuerpo es más rígido que el mármol del Salón de la Vergüenza Universal. Si me dejo llevar, acabo en el suelo y con un esguince.»
El Crujido Épico: La Venganza de la Columna
Y entonces, llegó el momento de la verdad: el Paso de la Inclinación Sensual. Ese paso donde él te sujeta, tú echas la espalda para atrás y te conviertes en la Mujer Serpiente que se contonea.
Yo, con toda la intención de seducir al profesor, inspiré hondo, intenté la sensualidad espartana, y me eché hacia atrás.
Y la sala de tango, en medio de la música dramática, se llenó de un sonido que ya quisiera un guionista de cine de terror: se oyó un CRUJIDO.
No fue un crujido sutil, fue un crujido tipo «Ay, madre, tiene rehabilitación para un mes». Mi espalda, en lugar de ser flexible, sonó a una puerta vieja que se abre después de un siglo.
El profesor, que es un santo, intentó disimular la sorpresa. Pero en sus ojos vi el terror. No el terror a que me cayera, sino el terror a la responsabilidad civil.
La Negación de la Seducción (Tango, ¡Ni de Coña!)
Y en ese momento, el último vestigio de mi ilusión de femme fatale murió.
Me dije: «A ver, Concha. ¿Crees que puedes seducir a este hombre, tó buenorro, con el crujido de tu columna?». La respuesta fue brutal: «Ni harto vino».
El Ideal Espartano habría resuelto el dolor físico con un gruñido y habría seguido con la danza. Yo resolví el dolor con una negación absoluta del baile. Y con un «¡JODER!» interno.
Mi cerebro, en lugar de planear la próxima cita, estaba haciendo un cálculo mental de los días andando doblada y la fisioterapia.
La lección es simple: la vida te vende el glamour, y tú acabas en rehabilitación. Y la única seducción que me funciona es la del humor y el desparpajo.