El estrés es un cabrón (y nosotras sus víctimas favoritas)
Vamos a ver, querida lectora, ¿quién de nosotras no ha sentido que el día a día es una montaña rusa construida por un ingeniero borracho?
Entre los hijos, el trabajo, el tráfico, las noticias que parecen escritas por el guionista de una película de terror, las facturas, los problemas… ¡Es imposible!
Las exigencias de la sociedad, de las personas, de las empresas… son una puta locura. Y claro, todo eso se acumula, y ahí estamos nosotras, como una olla a presión a punto de explotar.
Porque aceptémoslo, el estrés no es una tontería. Es ese enemigo silencioso que se cuela en tu día a día, te quita el sueño, te pone los nervios de punta y, en las peores semanas, hasta te hace llorar por lo que a otra le parecería una chorrada.
Y lo peor del estrés es que no viene solo: trae consigo a sus amigos la culpa, los complejos y nuestras historias personales. Un cóctel explosivo que ninguna de nosotras pidió.
Porque dime tú, ¿cuándo te ha dado un ataque de estrés en un buen momento? Nunca.
El estrés no aparece cuando estás de vacaciones, con un mojito en la mano y las piernas en alto. No.
Aparece cuando tienes cinco cosas urgentes por hacer, el WhatsApp no para de sonar, los hijos —si son adolescentes— están dando por saco, y si ya están independizados, te preguntan si pueden venir a comer justo el día en que no te apetece ver ni a tu padre.
A eso súmale que el coche empieza a dar problemas, la gente te reclama cosas que no te apetecen en ese momento y, como guinda del pastel, aparece esa persona o situación que te da una pereza extrema justo cuando menos lo necesitas.
Y claro, en ese momento en el que ya no puedes más, es cuando explotas y sueltas la palabrota salvadora.
Las palabrotas como válvula de escape
Porque aquí viene lo interesante: cuando estamos a punto de reventar, de forma completamente natural, soltamos palabrotas.
Sí, sí, palabrotas de verdad, no esas ñoñerías como “caspitas” o “jolín”. Estoy hablando de los clásicos: coño, joder…
Y resulta que, sin saberlo, esas palabrotas están haciendo algo muy bueno por nosotras: liberar un poquito de estrés.
Así que cuando alguien me dice:
—Dices muchas palabrotas, qué feo.
Yo pienso o suelto:
«Y aquí estamos, sobreviviendo todos.»
Porque a veces, un “me cago en todo” bien colocado te salva de un ataque de ansiedad.
Palabrotas sí, pero sin ser una energúmena
Pero cuidado, porque aquí quiero dejar algo muy claro: soltar palabrotas no es lo mismo que insultar o humillar a alguien.
Eso no es liberar estrés, eso es ser una cabrona (y no de las buenas).
Insultar o humillar a otras personas solo nos deja con un malestar emocional que, al final, agrava nuestro estrés. Aquí estamos para soltar tacos, no para tirar mierda a los demás, ¿vale?
Soltar palabrotas es como abrir una válvula de escape. Pero no es lo mismo hacerlo con arte y gracia que parecer que estás poseída:
• MAL: Gritar en medio de una discusión con tu hermanísima:
«¡Es que me cago en todo, siempre igual contigo!»
(Aquí estás creando más drama, no liberando estrés).
• BIEN: Susurrarle a tu amiga después de una reunión infernal:
_»Joder, la madre que me parió, si esto dura cinco minutos más, me lanzo por la ventana.»
(Aquí desahogas sin ser un peligro para la humanidad).
Hay que saber usar las palabrotas con inteligencia, como un arma secreta, no como un bazuca en modo automático.
La solución: decir tacos con salero y con conciencia
Si en vez de tragarnos la rabia, aprendiéramos a soltarla en dosis bien administradas, nos ahorraríamos muchas contracturas en la espalda y más de una metedura de pata a lo bestia.
Porque no es lo mismo decir “estoy hasta el coño” con una sonrisa en la cara, que guardártelo dentro y acabar con un ataque de ansiedad tres semanas después.
Así que, querida lectora, tienes derecho a desahogarte.
• Tienes derecho a soltar un “coño” bien colocado cuando el mundo te pisa los talones.
• Tienes derecho a un “joder” cuando el día se te hace cuesta arriba.
• Tienes derecho a un “me cago en todo” cuando estás hasta el mismísimo.
Y lo mejor de todo, no tienes que sentirte culpable por ello.
En este libro vas a descubrir que soltar palabrotas, cuando lo haces con gracia y en el momento adecuado, puede ser como abrir una válvula de escape en tu olla a presión emocional.
Así que relájate, suelta ese suspiro que llevas aguantando todo el día y acompáñame.
Vamos a darle una patada al estrés… pero con mucho salero.
Palabrotas con control: que sean válvula de escape, no granada de mano
Imagínate esta escena:
Vas por la calle, con prisa, cargada con bolsas del súper, intentando contestar un mensaje importante, y de repente se te cae el móvil al suelo.
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ne los nervios de punta y, en las peores semanas, hasta te hace llorar por lo que a otra le parecería una chorrada.
Y lo peor del estrés es que no viene solo: trae consigo a sus amigos la culpa, los complejos y nuestras historias personales. Un cóctel explosivo que ninguna de nosotras pidió.
El estrés no aparece cuando estás de vacaciones, con un mojito en la mano y las piernas en alto. No.
Aparece cuando tienes cinco cosas urgentes por hacer, el WhatsApp no para de sonar, los hijos —si son adolescentes— están dando por saco, y si ya están independizados, te preguntan si pueden venir a comer justo el día en que no te apetece ver ni a tu padre.
A eso súmale que el coche empieza a dar problemas, la gente te reclama cosas que no te apetecen en ese momento y, como guinda del pastel, aparece esa persona o situación que te da una pe